Tailindia 2014 estamos en la gloria

27 mar 2014

Sexo souvenir


Dicen que Patpong, junto a sus primas hermanas Soi Cowboy y Nana Plaza, forman el triunvirato del sexo más grande del mundo. Los extranjeros son la clientela principal de estos tres grandes barrios rojos de Bangkok que, independientemente de las preferencias de cada uno, funcionan con la misma fórmula: garitos donde mujeres tailandesas del medio rural bailan con poca ropa y bares con damas más decorosas con las que sentarse y para fijar un precio. Nosotros elegimos Patpong (haber elegido muerte, nos decimos ahora). 

Patpong, con su perfume fuerte, podrido, sonriente y pegajoso, se divide en varias zonas, cada una con su correspondiente catering sexual: gays, gogós, ladyboys o kathoeys y felatorios, en distintos grados de calidad y degradación, además de un  montón de puestos de baratijas e imitaciones. 
Juego de agudeza visual: ¿cuál de las dos es la madame? Entre los acertantes sortearemos el teléfono (de la otra).
Parece que Patpong tuvo sus días de gloria hace treinta años, cuando era un pináculo de la afamada vida nocturna de Bangkok. Hoy, sus bares en decadencia hacen que la lotería parezca elegante y Sodoma y Gomorra Disneylandia, aunque, en cierto sentido, esto también es un parque temático. 
Guille boquiabierto, por lo que pueda caer del cielo.
Aquí no puedes escabullirte de la noche. Cada esquina emboba más que la anterior, desde el Super Pussy al Bada Bing, desde el puesto de melocotones a los melocotones puestos por un cirujano en el King's Castle (que, con su elenco de atractivas kathoeys, es una institución). 
Si Tony Soprano levantara la cabeza...
Por no hablar dell tequila, de la marca Corralejo. 
Como gatos sobre ratones nos saltaban encima los ganchos de los night-clubs, ofreciendo platos muy raros, todos vegetarianos: “Banana con chica”, “chica-banana-chica”, “chica-pepino” y así. Pero nosotros solo queríamos ver un torneo de ping-pong, deporte muy renombrado en este país. 
Picaruelo ofreciéndonos un menú degustación.
El problema: a todos los locales donde nos invitaban a entrar solo se podía acceder subiendo unas empinadas y estrechas escaleritas (como las del templo que habíamos visitado por la mañana), custodiadas por perros guardianes con cara aviruelada y malas pulgas. Aquello no tenía pinta de polideportivo. 

Uno de nosotros quería subir y entrar, el otro no. Lo echamos a cara o cruz. Salió canto. Discutimos. Volvimos al hotel sin hablarnos, en un taxi de esos tan estrictos que no te dejan llevar dentro ni granadas de mano. Cómo son.
Ni pistolas ni granadas de mano, este taxista parece amish.





Hola Bangkok

Siempre nos pasa. Cuando viajamos encontramos a otras personas que nos cuentan lo que más han disfrutado de su viaje o aquello que han visto y que nunca uno debería perderse. Son esos momentos muy incómodos en que nos damos cuenta de que hemos elegido mal, entretenidos en lo intrascendente, fascinados por las cosas chorras... Entonces miramos envidiosos, miramos al suelo, nos miramos de reojo, miramos a un lado y a otro y, al final, nos retiramos avergonzados, porque se nos ha olvidado rezar en aquel templo único, beber en los garitos de moda o escalar esa montaña mágica de la que hablan todas las guías.
Pero en Tailandia quisimos que fuera diferente y, antes de salir de Madrid, elaboramos una concienzuda guía de viaje apuntando en una servilleta los imprescindibles, aunque no nos acordamos de ella hasta ayer, cuando volvimos a Bangkok y apareció, hecha un gurruño, en la bolsa de la ropa sucia (sí, ya se nos terminó la limpia). Allí estaban, escritos con rotulador verde en letras bien grandes, estos dos nombres: Wat Arun y Patpong.
Empezamos con Wat Arun, el templo del amanecer.
Para llegar, tuvimos que coger un barquito en el que, según se acercaba, más intensos nos poníamos con la contemplación.
Una torre central, rodeada de otras cuatro más pequeñas, rascaba las nubes. Como por la espina dorsal del cielo, por ella bajaban y subían turistas y peregrinos rojos de calor y desencajados de sobresfuerzo. Parecerían hormigas, si no fuera porque a las hormigas no se les nota el miedo. Con ahínco, conseguimos el sudor chorreoso por la cara, imprescindible para convertimos en dos de ellos.
Los escalones tienen tanto desnivel que subirlos es como trepar sin arnés (y bajarlos ni te cuento) aunque, al llegar al final, merece la pena contemplar la ciudad desde lo alto (eso dicen, nosotros nos quedamos a mitad de camino).
Este templo es diferente a los otros tailandeses, porque está inspirado en la cultura Khmer de Camboya. La torre más alta mide 82 metros y simboliza al monte Meru, una cadena montañosa mitológica sagrada para las religiones budista e hinduista, y las pequeñas están dedicadas al dios del viento. 
Decorado con conchas y porcelanas que los comerciantes chinos utilizaban como lastre para sus barcos mercantes que atracaban en el antiguo reino de Siam, el templo fue fundado a mediados del siglo XVII y remodelado por el rey Taksin, anterior a la actual dinastía reinante.
Estamos agotados. Dormiremos una siestecilla y esta noche saldremos hacia el otro lugar apuntado en la servilleta: Patpong, donde nos han dicho que se juegan unos campeonatos de ping-pong inolvidables.

25 mar 2014

Entre Buda y Buda, Barbie

70 kilómetros al norte de Chiang Mai hay unas cuevas con leyenda incorporada.
Estatuas de monjes venerados por los budistas, en plan Beatles.
Se llaman Chiang Dao y son cuatro y, según cuentan, en ellas vivió durante mil años un ermitaño que convenció a los tair wad ah (el equivalente budista de los ángeles) para crear allí dentro siete maravillas mágicas, aunque solo nos enteramos de seis: su propia tumba, una corriente que fluyera desde el pedestal de un Buda de oro macizo, un almacén de telas divinas, un lago místico, una ciudad de nagás (seres o semidioses inferiores con forma de serpiente) y un elefante inmortal. 
Tales prodigios se dice que están en lo más profundo de la montaña Doi Chiang Dao, en la que las cuevas se adentran y llegan hasta los dos mil metros de altura. Muchos monjes y visitantes también aseguran haber visto al espíritu del ermitaño, vagando por los túneles oscuros, aunque esto puede que se deba al exceso de aspiración de incienso más que a otra cosa.
Da igual. Las cuevas Chiang Dao son surrealistas por méritos propios. Por dentro están hechas de piedra caliza y cristal, y estalactitas y estalagmitas que parecen talladas por la mano del hombre y reflejan caras, bocas de cocodrilos y diferentes partes del cuerpo humano, a poco que uno le eche imaginación.
Como en Tailandia se consideran las cuevas lugares sagrados de meditación, allí nos encontramos con varios santuarios que parecían la parte cutre del Rastro (o cualquiera de ellas), llenos de ofrendas entre espirituales, caducadas y friquis: telas, flores, inciensos, comida, fantas de fresa y Barbies.
Barbie Malibú intentando la postura del loto (sin éxito).
Un estanque de carpas, estatuas rememorando la historia del ermitaño y una máquina tragamonedas donde se dejan las limosnas le dan un toque encantador a la entrada.

Al día siguiente hicimos la gracia de conducir el tuctuc por la derecha, aunque no le hizo gracia a nadie más...
...y volvimos a Bangkok de madrugada en un bus que tenía de todo: televisores individuales donde podías elegir juegos, canciones o películas de Bruce Lee en tai, asientos con masajes que se reclinaban hasta casi darse la vuelta, catering, aire acondicionado... ah, y las clásicas cucarachas voladoras que te van despertando toda la noche porque chocan contra las ventanillas y rebotan en tu cara. Una. Otra. Y otra vez.





24 mar 2014

Un cuento tailandés

Esta no es una historia nueva, es vieja como las montañas, contada tantas veces como el tiempo. Es la historia del hombre que no sabía el idioma del tigre dormido:

"En el reino de Chiang Mai, dormía un tigre cansado 
sobre la mesa donde había cenado
a hombres, perros y ganado.
Aunque estaba dormido,
sus oídos se alertaron
y sus párpados aletearon
al escuchar cercano un ruido...

¿Quién…? ¿Quién osaba despertar, a la bestia predadora? 
¿Quién perturbaba su sueño, su siesta reparadora? 
Era un tal Guillermo, que a sí mismo se decía:
"Aunque mi vida peligre 
me haré amigo de este tigre"
El felino se enfadaba
y Guille más se acercaba.
Y aunque los tenía de corbata, 
no desistió de su bravata.
"Vente conmigo, gatito lindo
Y hazte mi amigo, porque yo no me rindo"
El tigre, ya muy quemado, que no estaba para domas,
ni para amigos ni bromas, rugió con furia y enfado....
Mas Guille, que no sabe idiomas,
Creyendo que era un ronroneo
le acarició el esternocleidomastoideo.
El tigre le gritó, caliente:
"Estás buscando tu ruina...
¡Te pelaré con mis dientes, 
Te dejaré en esqueleto,
Serás polvo de aspirina,
Serás cerebro sin frente,
Para que muestres respeto
Por mis garras asesinas!”

Pero Guille entendió lo siguiente:
“¡Juguemos en mi piscina,
A un juego llamado teto!”
Y se puso cariñoso
con aquel animal precioso.
Aunque el tigre era gato viejo,
aquello lo dejó perplejo...
¿Cómo acabó la historia,
esa arriesgada aventura?
¿En evasión, en victoria...
o en una muerte segura?
Así quedó en la memoria de aquellos que la contaron:
"Tan, tan bien se lo pasaron
que al final... se enamoraron."
Y después de unos cafés
nos convertimos en tres.
Inma, Currupipi y Guille, la multitud se hizo virtud.


Turismo étnico

No nos gustan los zoos humanos, ni siquiera los de animales. Ahora, como somos unos desinformados y no siempre sabemos qué nos vamos a encontrar, a veces aparecemos en alguno, así que optamos por aprovechar la experiencia.
En Chiang Mai, ciudad de la que dicen que es el corazón cultural de Tailandia, nos dio por el mercado nocturno y por visitar a los karenni. Y esto es lo que aprendimos:
Los karenni, o kayan, son un grupo tribal de Myanmar que, tras el conflicto con la junta militar birmana por su independencia y las matanzas por parte de otros grupos étnicos, cruzaron la frontera hace treinta años para pedir asilo político en Tailandia. 
En las montañas del sur de Myanmar está el territorio de los karenni, en la frontera con el norte de Tailandia.
Lejos de su hogar, esperaban una nueva vida, miseria y hasta rechazo por parte de sus vecinos tais, pero no imaginaban esto: allí sus mujeres eran una curiosidad exótica que comenzó a atraer a turistas de todo el mundo. La razón: las pesadas espirales de cobre que alargaban sus cuellos, por las que los birmanos las apodaban despectivamente cuello largo (padaung) y los occidentales, no menos irrespetuosos, mujeres jirafa (aunque la jirafa es un animal que las pilla bastante lejos). 
Las autoridades tailandesas se percataron del filón y empezaron a recibirlas con los brazos abiertos. Mientras, las agencias las incluían en sus top-ofertas y se creaban unos cuantos poblados-circo en los que hasta las niñas llevan los perniciosos aros, el negocio tiene que continuar, y a los que se acoplaron, además, otras tribus de las montañas del norte para hacer bulto.
Algunos (ACNUR por ejemplo) desaconsejan la visita a estos lugares, donde las mujeres no tienen más opción alimenticia que prestarse a la mascarada, ya que Tailandia les niega el pasaporte para no perder tan lucrativa empresa. Otros defienden la actividad como parte del desarrollo económico de las regiones donde viven (antes lo era el cultivo de opio).
Ellas, a la fuerza ahorcan, han soportado durante muchos años las penurias que supone la ocupación de sus aldeas, han seguido a sus hombres hacia el exilio y ahora contribuyen a la causa posando para los turistas, que normalmente no tienen ni idea de la tragedia humana que hay detrás.
Las niñas comienzan a usar la espiral de anillos a los cinco años, que se les pone una noche de luna llena en un ritual secreto. La espiral, de cobre y últimamente también de latón, se va cambiando progresivamente por una mayor, pero realmente no alarga el cuello, sino que el peso del metal empuja la clavícula hacia abajo y comprime la caja torácica.
Al aprender algo sobre su historia, experimentamos una sensación sobre todo de piedad por la devastada historia de ese pueblo, y fascinación por su fuerza para resistir los gérmenes de la descomposición cultural a su alrededor. Están ahí, teje que teje, día tras día. Soportan más de veinte kilos de metal en su cuerpo, leen, cultivan, amamantan... en posturas imposibles y sonríen al bombardeo de fotos, para que otros cumplamos el sueño de vivir de cerca algo así como un documental de los últimos indígenas.
Mientras nos enseñaban los pesados metales que se enredan en cuellos y piernas, una pregunta flotaba en el aire: ¿por qué se los empezaron a poner? Los antropólogos tienen varias teorías: que los collares protegían a las mujeres de los tigres (quizás metafóricamente) o de que se convirtieran en esclavas, haciéndolas menos atractivas a otras tribus. Otra teoría: si las mujeres cometían adulterio les quitaban los aros y las desnucaban. Sin embargo, parece que, sobre todo, es que así se sienten más bellas, quizá porque se cree que los collares les dan aspecto de dragón, una figura importante en el folklore Kayan.
Por cierto, en la aldea también viven, en plan parque temático, algunas mujeres de otras etnias de las montañas, al parecer con el denominador común de haber mantenido durante décadas sus diferencias con el gobierno birmano, en defensa de su propio destino como pueblo.
Por ejemplo, esta mujer orejas largas de un subgrupo de la etnia Karen.
Sí, nosotros también pensamos que es muy raro que la llamen orejas largas, en fin... ¿somos los únicos que nos hemos dado cuenta de esos dientes? 

Tiene la dentadura negra pero completa, así que llegamos a la conclusión de que debe ser bueno el mejunje que mastican. Indagamos y nos lo cuentan: está hecho a base del fruto de una palmera llamada areca y pasta de cal, que se envuelve en una hoja de una enredadera, betel. Es estimulante, protege los dientes y si lo pruebas ya siempre vas a querer más. Salimos pitando a buscarlo por los puestos callejeros, pero lo más parecido que encontramos fueron unas Oreo, que para el caso sirvieron igual. Adiós Colgate. Nos pasamos al mundo de la fascinante sonrisa tailandesa.